jueves, 21 de noviembre de 2019

Fascismo rojinegro: explicación

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Mientras más crueldad, más
entusiasmo en la revuelta.
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Durante los últimos setenta y cinco años, el fascista se ha visto dominado por el embriagante llamado de la farsa constitucionalista. Atraído por una escasa noción de lo propio, bailó las canciones del burgués que alegaba un falso nacionalismo como también un conservadurismo que nada logró conservar.
Tras poco menos de cien años de existencia, el fascismo se vio mediocremente en manos del servicio oligarquico. Sus seguidores, desesperados como ingenuos, apostaron por portar antiguas banderas que no representaban más que la corrupción de quienes le forjaron; sirviendo como la carne de cañón ante el engaño del orden existente.
En defensa a lo establecido y con un conformismo sumiso, fueron los propios fascistas quienes mataron al fascismo. Entendiendo a la situación dada en el momento de su fundación como la fórmula a manejar en el actual presente. Uniformados con viejas prendas, arraigados a épocas marchitas y nostálgicos de eras que no vivieron, los fascistas abandonaron de modo tan irónico como natural a la esencia revolucionaria de su doctrina.
Y nacerán los hijos del error, bastardos del mundo y guerreros sin guerra. Únicos capaces de reconocer las raíces del auténtico fascismo primogenio, de levantar la estirpe con la cual los jóvenes a quienes les corresponde ésta lucha se enfrentarán a lo impuesto. En el socialismo nacional, en la batalla a lo ajeno, en la exaltación a la sangre como a la pólvora y todo aquello que hace bello a lo nuestro.
Con su sangre ardiente regada en el virgen suelo de nuestra tierra; el campesino como el obrero y el guerrero enfrentaron con reciedumbre y vigor a aquellos elementos indeseables que asecharon en el ayer al máximo componente que fue la tumba que llevamos por Patria. Componente que yace en garras del tirano, mocerío del cobarde y caverna del lento.
Se deben reivindicar a los elementos que dieron con la llave de lo apreciable, jamás de lo pasado. Aplaudir la belleza de la violencia, a lo necesario de la acción y a lo higiénico de la guerra. Hacer pasar los malos tiempos no con espera si no que con despojo, mostrarse intolerantes al germen que por décadas ha consumido a todo lo verdadero de nuestro frente: acabar con el parásito interno que carcome a nuestra síntesis.
A nosotros los fascistas, la derecha nos dio los mismos motivos que a la izquierda para odiarle. No somos de izquierdas ni de derechas, más menos lo somos de derechas tan solo porque son éstas las que hoy dominan a la modernidad que tanto detestamos. Admiramos a quienes combaten al amo que es hoy el gobernante financiero, sabiendo que la ideología es una simple herramienta decidida a expresar valores que escalan a toda sencilla etiqueta. Sabemos que el socialismo de enfoque nacional y el amor a la sangre de uno fueron los fundamentos esenciales para la fermentación del primer nacionalismo popular.
Nuestro Nacional-Socialismo es socialista. Nuestra falange negra es una joven y jamás cederá a lo anterior. Nuestra daga se verá en el vientre del enemigo como en el del traidor.
No quedan tradiciones reales ni nada externo por lo cual luchar. El soldado odia a lo que tiene de frente para amar a lo que tiene detrás; más sin embargo el fascista ha perdido tal privilegio. Nosotros odiamos por el acto, combatimos porque es lo justo. No por nadie si no que por todos. Sin espera de reconocimientos ni promesas de paz, tan solo con compromiso y decisión. Amamos a la violencia, brazo guerrillero de nuestra expresión porque hoy la pólvora tiene mayor peso que cualquier tinta.
Nos llaman nacionalistas sin nación, y eso mismo lo somos. Aferrarnos a lo sucedido es corresponder el llamado del espectro fantasmal de lo muerto en lugar de responder al espíritu juvenil que hoy nos empapa. Nuestra Patria no la es ninguna frontera levantada por los intereses del enemigo, y tampoco lo es el discurso charlatán y oportunista con el cual nuestra constitución fue firmada. Lo es nuestra madre tribu, lo fraternal de una hermandad espiritual basada en lo bárbaro y consciente.
La sangre de Ledesma es nuestra bebida, la cara sin rostro de Mussolini nuestro símbolo y el negro nuestro vestido.
Somos fascistas; y por ello somos opuestos al egoísmo liberal. Somos fascistas; y por ello amamos la guerra y acabamos con todo posible placer inmerecido que pueda pasarnos. Somos fascistas; y por ello amamos a la tierra de nuestra cosecha. Somos fascistas; y por ello buscamos el fin del orden. Somos fascistas; y por ello la muerte es nuestro triunfo.
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